Terminemos hablando del Renacimiento con esta actividad.
A continuación les presento diferentes obras de arte del Renacimiento, su tarea consiste en mencionar una característica del movimiento presente en la obra y aportar un dato interesante de la misma (datos que no hayan sido mencionados antes).
1. La Fornarina de Rafael Sanzio
2. El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli
3. David de Miguel Ángel
4. La creación de Adán de Miguel Ángel
5. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo I.
Que trata de la condición y ejercicio del
famoso hidalgo don Quijote de la Mancha
En un lugar de la
Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un
hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo
corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches,
duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de
añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della
concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus
pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de
lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina
que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el
rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los
cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran
madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de
Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste
caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se
llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración
dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber
que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del
año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que
olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de
su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió
muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en
que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos,
ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de
Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le
parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de
desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a
mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de
la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra
divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora
del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones
perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y
desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo
Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas
que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros
que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de
cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro
con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de
tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda
alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de
su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido
mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás,
barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y
que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula,
porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso,
ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se
enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en
claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer,
se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la
fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de
pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y
disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era
verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía,
que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid
Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el
Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio
dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio,
porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la
industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los
brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella
generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable
y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más
cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende
robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera
él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a
su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya
su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el
mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su
honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse
por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a
ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se
ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y
peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre
ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda;
y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en
ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo
fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín
y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un
rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran
falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto
suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que,
encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que
para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su
espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había
hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había
hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo,
poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó
satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la
diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su
rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de
Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de
Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron
en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era
razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin
nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién
había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues
estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el
nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al
nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó,
borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al
fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y
significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era,
que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan
a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento
duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como
queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin
duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir.
Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con
llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por
Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero,
añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con
que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con
tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus
armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí
mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de
quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y
sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí:
-Si yo, por malos de
mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante,
como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un
encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo,
¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de
rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: ''Yo, señora,
soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en
singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la
Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la
vuestra grandeza disponga de mí a su talante''?
¡Oh, cómo se holgó
nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a
quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del
suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo
enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello.
Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora
de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y
que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla
Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer,
músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas
había puesto.